El Vicente Calderón

Cuando un estadio de fútbol cierra sus puertas para no volver a abrirlas, con él se van infinidad de significados, seguramente todos los que pueda ser capaz de recordar cada aficionado que ha vivenciado, en menor o mayor medida, en la cercanía o la distancia, algún hecho que tenga precisamente lo que perdura: un significado. Nuestros profesores, y en este orden, Chema R. Bravo, Sergio Vilariño y David Mata, comparten un momento, a modo de guiño, de mueca nostálgica, sobre lo que ha sido y significado un estadio monumental para todos. El estadio Vicente Calderón.
Entre los cascotes y el polvo del Vicente Calderón, se fosilizará una parte de la memoria del Real Zaragoza, club que encontró en el estadio colchonero un talismán de plata con el que forjó su tradición copera. Dos de las seis Copas de España, primero del Generalísimo, después del Rey, que iluminan su pasado se levantaron en la orilla del Manzanares. Fueron las dos intermedias, ni las dos primeras (ganadas en el Bernabéu en los 60) ni las dos últimas (conquistadas en La Cartuja y Montjuic en el nuevo siglo).
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Fueron las copas de 1986 y 1994, es decir, el tiempo en el que en un niño, quien esto escribe, se cultivaba con más energía y profundidad la pertenencia y la carga sentimental de un equipo de fútbol. En 1986, le llevaron a Madrid, pero no guarda recuerdo alguno del Calderón porque no lo metieron dentro: lo dejaron fuera, en casa de familiares, entre biberones y pañales, mientras, al cabo de las horas, lo recogían de vuelta a Zaragoza entre cánticos de campeones. A un padre se le acaba perdonando todo excepto que no te tenga a mano para lanzarte por el aire cuando Rubén Sosa le mete un gol triunfador a Urruti, al Barça de Schuster y Carrasco.
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Ocho años más tarde, el viaje se repitió y, entonces, conoció la arquitectura y el bombeo sanguíneo del Calderón, su incandescencia y sonoridad, una acústica solo comparable en España al Pizjuán, con esas tribunas perfectamente empinadas, huecas por debajo de la hilera de asientos, y una rampa hormigonada por la que aquella noche de 1994, contra el Celta de Vigo, se vio caer o rodar una dentadura postiza de un aficionado del Zaragoza: el Paquete Higuera, aquella bomba atómica con piernas, le marcó el penalti definitivo de la tanda a Cañizares causando una detonación, una onda expansiva, que se llevó por delante la prótesis dental de ese hombre eufórico, quien amagó con meter el brazo en esa rampa, bajo la butaca, para recogerla, hasta que entendió que más valía una Copa del Zaragoza que un buen mordisco.
Cedrún le había parado antes a Alejo el penalti clave y poco después prometió que ganaría la Recopa un año más tarde. Mientras, en la grada mágica del Calderón, nacía un sentimiento íntimo y hechizado con ese estadio: siempre que el Zaragoza se metía en una final de Copa, deseaba la orilla del Manzanares como sede. Allí no la perdería. Allí ganaba siempre. El fútbol y la fuerza del ritual. Sabía que, de entre esas paredes, siempre acabaría saliendo un trofeo o una dentadura.

Mauricio Pellegrino

En la era del discurso, el estilo, la filosofía y el libreto futbolístico, en la era de la marca personal que te define y diferencia del resto, Mauricio Pellegrino se erige como un entrenador que cree en los términos medios. Cierto es que, como repasamos hace unos meses en “El continuo aprendizaje de Pellegrino”, hay un concepto clave, el del orden, al que da más importancia que al resto, pero en líneas generales el DT argentino pertenece a esa especie en peligro de extinción que son los técnicos que se adaptan -y no que adaptan-.
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“Somos un equipo al que es duro enfrentarse. Yo quiero hacer las cosas sencillas, pero bien. Tenemos dos sistemas de juego que cambiamos según las circunstancias. Me he basado en lo que nos pueden dar nuestros jugadores. La idea es modificada en función de ellos. Nos adaptamos”, decía en el mes de diciembre. Por aquel entonces ya sabíamos que su Deportivo Alavés era uno de los que más exigían a los rivales en -casi- todos los sentidos. Su defensa posicional, perfecta en un inicio y perfecta en un final, representaba un acertijo creativo que muy pocos equipos lograban descifrar. Los babazorros cerraban el centro, dejaban las bandas y fortalecían el punto de penalti. El plan era bien sencillo, como reconocía su propio entrenador, pero resultaba tan coherente y estaba tan bien trabajado que al final únicamente tres equipos consiguieron superarles con claridad (más de un gol): la Real de Eusebio, el Madrid de Zidane (x2) y el Barça de Luis Enrique. El resto, a lo sumo, ganó sufriendo.

Pero al contrario que el Levante de Juan Ignacio Martínez, por usar una referencia cercana, el Alavés de Mauricio Pellegrino demostró en varias ocasiones una sorprendente cintura para adaptarse a las diferentes situaciones de juego. “Los deportes de equipo tienen algo que no tienen los deportes individuales: hay una parte del juego en la que tú puedes ser mejor. Tienes que llevar los partidos a donde te conviene. Si no sería imposible que uno sueñe con ganar un partido como el del Barça”, comentaba el argentino en una enriquecedora charla con Sito Alonso, técnico del Baskonia. Esta superioridad, normalmente, la encontró en la ya mencionada defensa posicional, pero no siempre fue así. En ciertos días presionó, en otros buscó dividir la posesión y en otros, directamente, la asumió con una claridad impropia de un equipo acostumbrado a lo contrario, como pudimos comprobar ante el Atlético de Madrid en Mendizorroza.
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En todo esto tuvo mucho que ver la calidad de varias de sus piezas. Porque que Camarasa, Deyverson, Edgar o Femenía cuajasen una temporada tan completa podía estar dentro de uno de los mejores escenarios posibles, pero la explosión de Marcos Llorente y Theo Hernández fue un regalo inesperado que Pellegirno recogió con responsabilidad. Porque en la configuración del equipo, tanto Theo como sobre todo Llorente, fueron causa y a la vez consecuencia.

El Alavés ya ganó al Barcelona en el Camp Nou jugando muy bien

Su primera Final

El Deportivo Alavés de Mauricio Pellegrino ha llamado la atención del fútbol español por dos razones fundamentales. La primera derivó del hecho de que, iniciando el curso con más de 15 caras nuevas,empezase a jugar como un equipo reconocible antes que casi cualquier otro. En segunda instancia, fue la calidad de sus tres jóvenes promesas, Fernando Pacheco, Theo Hernández y Marcos Llorente, lo que matizó su carácter defensivo aportando un brillo al producto definitivo que lo ha convertido en uno de los proyectos más ilusionantes y seguidos por el espectador neutral. Esta noche, en la Final de la Copa del Rey, muchas serán las miradas pendientes de sus progresos.
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A nivel estructural, ninguno es tan importante como el mediocentro de la cantera del Madrid. En etapa formativa, Marcos Llorente llamó la atención de público y técnicos gracias a su capacidad organizativa, y como extra, también incluso por dejar entrever un potencial ofensivo impropio de su demarcación, al destacarse con eslalons y llegadas esporádicas al área que generaban peligro e incluso goles. Dicho de otro modo, se excedía de las responsabilidades de un pivote sin, pese a su juventud, ignorar las que le correspondían por naturaleza. Sin embargo, a lo largo de su temporada de debut en la élite no ha mantenido esa ruta. Como pivote posicional del 4-2-3-1 vitoriano, Marcos ha sobresalido más por sus quehaceres defensivos que por su aporte con el balón. Equilibrando el sistema, orientando los ataques del rival, determinando los momentos de robo y liderando las acometidas para concretarlo ha sido un bastión que ha opositado a mejor especialista defensivo del campeonato. Una barbaridad. Pero con la pelota, sin dejar a deber, no ha ido tan sobrado.
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Lo primero a describir sería el perfil táctico del Alavés. El conjunto de Pellegrini siempre ha priorizado el orden y no se ha tomado ningún lujo en forma de despliegue de piezas en ataque que pudiera afectar a su respuesta en transición defensiva. Se trata de uno de esos modelos que están pensando en cómo defender hasta mientras ataca.
Ello ha desembocado en que Llorente no haya gozado de demasiadas líneas de pase operativas durante los inicios de las jugadas, y por tanto, hacer fluir el ataque siempre ha sido bastante difícil. Dicho esto, en lo que a él respecta, ha sufrido en algunas ocasiones por aparente falta de velocidad en la ejecución. El futbolista es consciente y ha desarrollado un giro, una media vuelta, que reproduce con fiabilidad, le aleja de la marca del rival y le regala más tiempo y espacio para tomar y plasmar sus decisiones, pero aunque el recurso esté ahí, no ha parecido la solución definitiva. Hoy, frente a un FC Barcelona al que se espera motivado, al Alavés no le bastará con que complete la casi imposible misión de hacer que Messi no gane otro título por sí mismo, sino que deberá ser el apoyo para los demás que permita a los vitorianos desinflar y esquivar la presión culé en los momentos en los que Busquets la instala tan arriba como pretenderá. Si supera esta prueba, a la progresión de Marcos Llorente no se le podrá poner un solo límite.

Madrid/Juve 14

La semántica en estos casos puede quizás desviar el debate o la intención del que argumenta peor ayer lo comenté en la columna de Adrián sobre Varane, que a mí el francés me da la sensación de que no está (aún) capacitado para liderar una zaga como la del Madrid, tanto a nivel táctico como personales. Lo que pasa que sus virtudes tienen mucha cabida como complemento de otras cuestiones, pero liderando una zaga a mí Varane me deja algunas dudas y eso no tiene que ver con su calidad.
El tema es que Zidane tiene en Isco un elemento diferencial para sumar control y dominio incluso psicológico, y además por su movilidad y por las características de su alrededor, Zidane no puede ponerlo de segundo punta. Y ponerlo en banda en un 4-3-3 sería fijarlo demasiado para el fútbol y los movimientos que representa. En el 4-4-2 con Isco en una banda Zidane encaja, pero tendría que prescindir de Casemiro o mandar a Modric a la otra. Es un tema complejo de compatibilidades y elecciones del entrenador. Va a ser interesante ver cómo gestiona Zidane esto en semis.
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Los últimos dos años de Pjanic, en efecto, son descomunales. Qué fantástico descubrimiento y qué bien cuando un jugador te hace cambiar de opinión como en mi caso. La verdad es que es un centrocampistas descomunal.
no entiendo para qué Allegri se guardó a una pieza como Cuadrado, reservandole para unos tiempos extras, porque a todas luces su intención con el 0-3 era jugar el alargue y no buscar la eliminatoria. teniendo en cuenta que no hubo un claro dominador y que el partido estaba abierto y podía probar pues no lo entenderé. se hablará de lo del ultimo minuto pero creo que el técnico italiano debió ambicionar un poco más, porque tienes a tu rival en su casa con la eliminatoria igualada y podias lastimarlo mucho con cambios ofensivos.

como sea, se notó horrores la ausencia de Ramos, o más bien es que el Real Madrid no tiene a otro central (ni líder) en el equipo como él. anyway, partido muy bonito en mi opinión, con dos equipos entregados y siendo fieles a sus propios estilos.
De hecho, esa estrategia me pareció suicida. La estadística de km totales recorridos durante la primera parte arrojaba que los visitantes acumulaban 5 km más en sus piernas que los locales, brecha que seguramente se amplió durante la segunda. Hablamos de una diferencia considerable, la cual era además claramente visible en los compases finales del encuentro, en los que se veía a los juventinos imprecisos y lentos como consecuencia del agotamiento.
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Yo también creo que fue un error de lectura por parte de Allegri el no meter pulmones nuevos cuando el Madrid empezó a apretar. Dar entrada a un central adicional (para guarecer mejor el área) y a un carrilero como Cuadrado para salir rápido en transición hubieran sido cambios muy apropiados para el momento, aunque al fin y al cabo también esto es fútbol ficción.

Madrid/Juve 13

La Juve no estaba entrando en ningún momento por el centro, todo eran llegadas por banda, sobretodo izqd blanca. Era más importante evitar que la ventaja se diera que apagar el fuego en el área tras el centro de Douglas o el que tocase.
Yo creo que ZZ pudo haber movido el equipo en la 1º parte. Pasando Bale a la izqda. Seguramente Allegri respondería cambiando de banda a Douglas y Mandzukic, pero era algo que tenía que hacer.
El Madrid sí fue a la prórroga el año pasado contra el Bayern.
estoy de acuerdo con vosotros en que el intentar la remontada y no dejarse llevar por los nervios y la presión, es algo que han hecho ellos y otros no. Pero es que no debería destacarse eso. Eso debería ser básico en un equipo elite de futbol profesional. Lo contrario sería demérito, pero hacerlo es lo normal en deportistas que cobran millonadas y llevan años haciendo frente a dicha presión.
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Y el caso es que quien estaba metiendo los goles era el otro. Asi que aunque haya ocasiones, si no entran, no estás compitiendo, sino solo intentándolo.

Igual que puedes argumentar que es por su gran portero, también es lícito ganar por la actuación de tus jugadores. Igualmente, las ocasiones que no tuvieron fue por haber defendido mejor la Juve de lo que ellos atacaron. Y los goles son por defender peor que el ataque juventino. Y también se puede argumentar que cuando otras veces ganan, es por una gran actuación de CR, o de Isco, o de quien sea. Así que el tema de que tuvieran ocasiones que no definieran, no me parece un argumento por el hecho de que se las paren. Porque la calidad individual también cuenta. Podríamos decir entonces que el gol del Madrid es por la calidad diferencial de Cristiano tirsndo penaltis.
Para mi el Madrid no sólo echo en falta a Sergio Ramos, sino también a Nacho.

El canterano es el que mejor entiende, tras el sevillano claro, el puesto de central zurdo del Madrid, con las particularidades que ello conlleva al tener en tu banda a Marcelo.

Esto no es nuevo, los mismos Pepe, Varane, Albiol, Garay, Metzelder…no rendían igual en esa zona que en la contraria, y todos ellos me parecen centrales superiores a Nacho. Pero Nacho conoce los matices de esa posición.

Ya pasó con Roberto Carlos, cuando decenas de centrales blancos eran quemados en el costado zurdo y al final marcadores más “humanos” como Karanka eran los que mejor lo hacían.
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Ramos es capitán general, el equipo crece desde el de manera descomunal, mientras que Varane es tropa. Un soldado perfecto, pero eso, soldado. Y Vallejo igual. Nacho es cabo, y aunque el equipo no “crece” con el, se aguanta en pie mejor.

No todos son oficiales, calidad sea la que sea.
Casemiro era de los intocables de Zidane. Ramos, Casemiro y Ronaldo. De Kroos o de Modric, por supuesto también muy importantes, prescindía a veces en los finales de partidos, en determinados contextos, quizá para aportar frescura. Pero Casemiro siempre estaba ahí. Se me hizo muy raro ver a Zidane renunciando a Casemiro. Yo estoy casi seguro de que si hubiese estado bien, hubiese quitado antes a Kroos o Modric. Pero lo cierto es que Casemiro no está del todo bien.

Madrid/Juve 8

Sé perfectamente que es un ejercicio de fútbol ficción, ¿pero que habría pasado si Dybala no hubiera recibido la segunda amarilla? Lo cierto es que habría tenido un contexto mucho más favorable para él que el que afrontó en la ida: la ausencia del líder de la zaga madridista, la falta de un stopper en el centro del campo a partir del segundo tiempo, y sobre todo, la mentalidad colectiva de su equipo, opuesta a la del primer enfrentamiento.
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Tocando con los pies en el suelo y hablando de lo que realmente sucedió, me parece que efectivamente el Real Madrid es el justo vencedor de la eliminatoria. Apabullante en la ida y desafortunado en la vuelta (generó más ocasiones que su rival, sólo que este fue más efectivo a la hora de transformarlas), volvió a demostrar por enésima vez que lo suyo con la máxima competición europea es propio de un amor hollywoodiense. Allegri optó por un planteamiento sencillo, similar al que llevaba a cabo el Cholo cuando disponía entre sus filas a Raúl García, a quien emparejaba con Jordi Alba y Mascherano en sus enfrentamientos ante el Barcelona. Dos goles derivaron de ello. El tercero llegó tras un error bajo palos de Keylor, que aún siendo quizá el portero con más agilidad y reflejos de la élite, muestra con demasiada frecuencia que tiene carencias que otros guardametas comparables con él no tienen.

El clásico empuje emocional que el club de Chamartín realiza en situaciones parecidas -ya se sabe, cargar el área y suministrar a esa zona centros por parte de los laterales- acabó evitando la prórroga. La forma en que CR7 lanzó el penalti fue el broche áureo a su fantástica eliminatoria: puede que Messi sea el rey de este deporte, pero el mito portugués lo es sin discusión del torneo de clubes más importante del mismo.
el balón a veces entra y a veces no. Ayer mi sensación es que al Madrid le sonrió poco la fortuna tanto en los ofensivo (balón al palo, varias paradas in extermis de Buffon) como en el defensivo, porque el tercer gol se puede catalogar de jugada tonta, pues a Keylor se le escurre incomprensiblemente el balón.
El caso es que los cambios de Zidane sí surtieron efecto y desde entonces el Madrid igualó (y en los últimos minutos superó) a la Juve, pues el como dije el tercer gol de la Juve fue en jugada tonta.Encuentra zapatillas y botas de fútbol baratas:Magista, Mercurial superfly, Tiempo.
Tremendo, como apunta Adrián Cervera, la frialdad con la que el Madrid (Kroos) salía jugando desde atrás incluso cuando el partido más pesaba. Desde su propia área, con la Juventus, el público y el marcador encima y con Vallejo a medio serenar, la cabeza arriba y el pase con sentido como prioridad. A día de hoy, sólo imagino a Busquets e Iniesta siguiendo pautas similares.
Me cuesta ver esa superioridad de la Juve que comentáis algunos. Yo creo que la Juve sobrevivió, que no es poco (mi aplauso) y tuvo esa pizca de fortuna necesaria para rozar una machada como la de ayer. Que tiene 4 ocasiones en 180 minutos y hace tres goles.

La valentía de Nacho

Antes incluso de sufrir las consecuencias de su derrota en Waterloo, Napoleón Bonaparte ya decía que la victoria tiene cien padres, pero que la derrota es huérfana. Dicha frase ha sido utilizada en multitud de ocasiones para reflexionar acerca de la soledad del derrotado, pero si de la candidatura al título de Liga del Real Madrid de Zidane se trata tenemos que quedarnos con “la parte que nunca importa”, con lo que va antes del “pero”. Porque si el conjunto blanco suma al menos cuatro de los seis puntos que le quedan en juego el reparto de méritos deberá ser mucho más amplio de lo normal. No es ya una cuestión de competir como equipo o de química colectiva, sino más bien de cómo la inmensa mayoría de sus futbolistas se han ido alternando a lo largo de la temporada a la hora de tirar del pelotón.
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Esto ha sucedido, en primer lugar, porque Zinedine Zidane así lo decidió, así lo buscó y así lo potenció desde el primer día a base de demostrar una confianza plena e inquebrantable por cada uno de sus jugadores. Con una visión muy global, priorizando siempre el ganar la guerra a costa de poder perder ciertas batallas, el técnico francés ha ido responsabilizando a todo el vestuario del resultado final, aun a sabiendas, como ya sabía su compatriota, de que en caso de derrota no habrá nadie más responsable que él. Pero, claro, Zidane sabe que su confianza no es ni mucho menos ciega. Que contar con Varane/Pepe como tercer central, con Iscocomo jugador número doce, con James como opción puntual y con Morata como segundo delantero es algo que no está al alcance de ningún otro equipo del mundo. Por calidad neta, pero también por adecuación a los diferentes retos, la profundidad de su plantilla marca diferencias.

Y, pese a que todos pueden explicar esto de una forma diferente, con sus argumentos y sus matices, la visión no estaría del todo completa si no pusiéramos en valor la figura de Nacho Fernández.
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Del central madridista se ha repetido como un mantra -justificado- aquello de que “siempre cumple”. Pero éste elogio, que es el mejor posible para un cuarto central de un grande, se comenzó a quedar pequeño desde hace ya un tiempo. Su rendimiento individual, ajeno siempre al momento del equipo o a la falta de continuidad, se ha ido elevando conforme el paso del tiempo y de los partidos nos ha permitido conocerle mejor. Seguramente la mejor de sus virtudes sea su metódica concentración, esa que le lleva a cometer muy pocos errores y a permitirse el lujo de sumar aciertos como el del domingo ante el Sevilla, pero sí ha conseguido instalarse en un puesto tan exigente como el de central del Real Madrid ha sido sobre todo por su punta de velocidad. Ésta quizás sabe a poco por haber ido acompañando a tres de los centrales más imponentes del momento -y de la historia- en este sentido (Pepe, Ramos y Varane), pero no por ello es menor ni reseñable. Sobre todo en clave liguera, donde así logra controlar a la gran mayoría de delanteros rivales.

Umiti y Suarez

El Fútbol Club Barcelona se marchó de Gran Canaria con la sensación de haber hecho el partido que debía hacer en todo momento, uno de esos que a nivel de resolución de conflictos y tiempo empleado en la misma definirá el proyecto Luis Enriqueuna vez éste se despida del Camp Nou. Los hombres entrenados por el asturiano salieron con cierta comodidad de lo planteado por la UD Las Palmas en su posicionamiento sin balón, para desde ahí conectar y activar los espacios más amplios, los que quedan a la espalda de los hombres de Setién. Una victoria cómoda que tuvo varios protagonistas.

Y es que esta vez, el Barça, el rival de la UD de Setién, no abrió ni amplió el marcador en base a una presión adelantada, continúa y eficaz para provocar robos y materializar las concesiones, sino que construyó su triunfo desde una salida de balón acertada que ganara altura ofensiva para, ahí sí, ser directo y preciso en campo contrario, mandando balones al espacio a Luis Suárez, el ejecutor de Bigas y Lemos. En esa disyuntiva, el sector zurdo, mucho más seguro y adaptado, con Marlon y Digne en el opuesto, tuvo , Iniesta, Alba y Neymar su cuarteto de seguridad.

La idea de Setién sin balón consistió en intentar saltar cuando los centrales no lograban visualizar una línea de pase que no fuese comprometida, que el receptor pudiera recibir más o menos cómodo y que después apareciera un movimiento que garantizara la progresión. Los amarillos, esperando que los medios bajaran a recibir de espaldas, esperaban a que Marlon o Umtiti cedieran la pelota a un Busquets girado, para con Roque Mesa, Momo o Viera, morder dicha recepción. Sergio, preciso en el primer toque, derivaba la presión rival a la banda. Allí, con Alba y Neymar abiertos y distrayendo, el Barça lograba salir.
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En el tramo de mayor igualdad, la UD Las Palmas también supo como instalarse en campo contrario. Anunciado en el inicio del texto, no es el Barça de la MSN un equipo continuo y trabajado en presiones corales y adelantadas, lo que permitía a los zagueros y medios canarios encontrar a Momo, Mesa y Viera a la espalda de Busquets, Iniesta y Rakitic. Una vez los mediapuntas recibían, era principalmente Jesé el que encontraba situaciones de uno contra uno ante Digne o Alba, mayoritariamente el primero. Ahí sí tuvo cierta superioridad el equipo local, no concretada finalmente.
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El marcador lo explicaron entre Suárez y Neymar pues el comportamiento del Barça en campo rival sí tuvo una intención más agresiva, conectando con el uruguayo en largo, incidiendo en las debilidades canarias en campo propio, irregular en el trabajo previo a la disputa del ‘9’ sudamericano. En esas zonas previas aparecieron segundos de tiempo para los pasadores, una golosa invitación para mirar al voraz punta charrúa. De esa manera cimentaron los culés una victoria que deja para la última jornada la resolución del título.
El sector zurdo del Barça compensó las debilidades del derecho.

La historia de Paris

Habían aparecido prácticamente de la nada. A esa edad en la que los recuerdos comienzan a ya a aferrarse con firmeza en la memoria, a esa edad en la que por definición uno es fácilmente impresionable y todo cobra una trascendencia desorbitada. No conocíamos del Paris Saint-Germain más que la sonoridad de su nombre, muy probablemente mal pronunciado. Ni sus jugadores, ni su pasado que posteriormente descubriríamos casi inexistente, ni su origen. Nada. Quizá por ese motivo su irrupción en la primera plana del fútbol europeo se produjo de una manera tan explosiva. Porque no esperábamos nada de un equipo al que ni tan siquiera conocíamos y de cuyos jugadores, en las tinieblas del conocimiento de la era pre-Internet, apenas habíamos oído hablar. Un equipo que apenas había empezado a dar que hablar un par de años antes, con su adquisición por parte de Canal+ y la consiguiente inyección económica imprescindible para asaltar el escenario continental y situar por fin el nombre de la capital francesa en el contexto futbolístico europeo.
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Aquel PSG de primeros de la década de los noventa lo tenía casi todo. Tenía un ramillete de jugadores extraordinarios y coincidentes en los mejores momentos de sus carreras. Tenían el glamour de la capital francesa. Un uniforme muy característico, tan peculiar y único que resultaba imposible de confundir con ningún otro. Además, su puesta en escena era pasional como pocas. Te enganchaba como un riff pegadizo y enérgico. Sin embargo, el éxito fue fugaz. El proyecto no terminó de despegar en aquella primera intentona y, tras los primeros y modestos éxitos continentales, llegaron los problemas. En un club sin una masa social consolidada y fiel, sin una historia con sus hitos y sus héroes a los que aferrarse en los malos tiempos, el primer bandazo dio con el trasatlántico en los astilleros. Atravesó entonces la entidad parisina unos años de penuria, más relacionados con la ausencia de una identidad definida que con asuntos presupuestarios. Pese a las temporadas de bonanza, el PSG no podía ser considerado un grande de Francia porque realmente, y en comparación con Olympique de Marsella, Saint-Etienne o Nantes, nunca lo había sido. Con los malos resultados llegó de nuevo el desapego popular. El lado moderado de la afición parisina repudiaba a su equipo porque no le aportaba las satisfacciones que buscaban en una actividad de mero ocio. Si no era el fútbol, sería el rugby. O el teatro. O el cine. Por su parte, el lado radical, el mismo lado radical que había alimentado y engordado al club en sus primeros escarceos con la elite europea, se empleaba con toda su fiereza y sinrazón contra los representantes de la institución.
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‘Si descendéis, acabamos con vosotros. Paris Saint-Germain es nuestro‘. No le faltaba cierta parte de razón a la pintada plasmada en los alrededores del Parc des Princes y firmada por los Boulogne Boys, una facción de tinte extremadamente radical escindida del antiguo Kop Boulogne de los años ochenta y noventa. En cierto sentido, ellos fueron quienes hicieron posible el despertar del gigante adormecido y la irrupción entre los grandes de un equipo que no habría llegado a ninguna parte sin una afición entregada. Tras unos cuantos años de incertidumbre, la llegada de Nasser Al-Khelaifi al club trajo consigo no solo un generoso grifo de dinero, sino una cierta paz social entre una afición que, separada en grupúsculos y cada vez más alejada del club ante el pobre devenir deportivo, había sacado a relucir la idiosincrasia propia de sus particulares y, en muchos casos, enfrentadas ideologías.

Alivio

Una agradable y reconfortante sensación de alivio recorrió anoche los pasillos del Bernabéu, minutos después de que Gianluca Rocchi señalase el final del partido entre Real Madrid y Paris Saint-Germain. Alivio porque el camino hacia el cadalso que se aventuraba desde semanas atrás no fue tal. Alivio porque se vaticinaba un resultado contundente y severo contra un equipo, el Real Madrid, más acostumbrado a infligir daño que a recibirlo. Alguien acusó al madridismo de practicar esa táctica tan mezquina de ponerse la venda antes de recibir el golpe. De lloriquear porque le iba a tocar zurrarse contra un rival incuestionablemente superior. De anticipar un desastre inverosímil para situarse en el papel de víctima y afrontar la eliminatoria con mucho que ganar y muy poco que perder. No le pega nada al Madrid acudir como víctima. Se viste muy mal con esos ropajes. Como si pretendiese lanzar el partido por esa vertiente de la épica por la que tan productivamente se maneja desde el mismísimo minuto uno, la grada negaba rendiciones. Como si fuese el más laureado de Europa un equipo acostumbrado a claudicar y doblar la rodilla.
El caso es que la estratagema tardó en dar los resultados esperados. Pero los dio. Antes hubo que sobreponerse a un PSG con una puesta en escena extraordinariamente intimidatoria pero con una inconsistencia impropia de un equipo con fuste. Mucha brillantina, pero muy poquita chicha. No se explica de ninguna manera que un equipo con una acumulación tal de colosales futbolistas sea tan torpe a la hora de generar juego. Porque los parisinos viven de jugadas aisladas, no de juego entrelazado. Viven de las apariciones en solitario de sus tres tenores ofensivos al mismo tiempo que observa como la emulsión se corta una y otra vez porque nadie les ha explicado cómo deben de mezclarse y combinar entre sí de forma productiva. Son tan buenos jugadores, tan resolutivos, que cuesta creer que Cavani, Neymar y Mbappé tengan tantas dificultades para imponer su triunvirato.
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Se ha hablado mucho, y se seguirá hablando, de la dirección de proyecto parisina. Se ha pretendido deslizar que el PSG se desinfla porque Unai Emery nunca cierra bien la válvula y el equipo termina por perder aire cuando lo tiene todo para salir rodando. Anoche sorprendió de inicio, no tanto por alinear a Lo Celso y a Kimpembe, sino por dejar fuera del once a Di María y Thiago Silva, dos futbolistas cuyos ojos han visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Es en partidos como el del Bernabéu y ante rivales como el Madrid cuando hay que sacar a relucir los galones y hacer valer su peso. Porque hay intangibles sobre el césped que no se conquistan con un determinado marcaje o con la velocidad de un jugador
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Cuando Zidane introdujo a Marco Asensio en el césped, el mallorquín apareció para sus colegas como el amigo precavido que se ha acordado de meter un abrebotellas en la mochila para abrir las cervezas en mitad de la nada. Su entrada en juego recordó al Madrid que aún estaba vivo y con oportunidades y advirtió al PSG de que aún no estaba a salvo. No puede decirse que Emery no acertase con sus cambios. Su equipo mejoró con la entrada de Meunier y brindó los mejores minutos de fútbol con el belga compartiendo el carril derecho con Alves. Pero si el acierto del vasco fue notable, mucho más fue el de Zizou abriendo el box del desbocado Asensio. A partir de ahí, revolucionando las alas, se decantó el resultado. Con un acto final coronado por un aria apoteósica que llevó al Bernabéu al habitual trance místico de las grandes citas europeas. A ese que escapa de cualquier intento sesudo de análisis táctico.