Alivio

Una agradable y reconfortante sensación de alivio recorrió anoche los pasillos del Bernabéu, minutos después de que Gianluca Rocchi señalase el final del partido entre Real Madrid y Paris Saint-Germain. Alivio porque el camino hacia el cadalso que se aventuraba desde semanas atrás no fue tal. Alivio porque se vaticinaba un resultado contundente y severo contra un equipo, el Real Madrid, más acostumbrado a infligir daño que a recibirlo. Alguien acusó al madridismo de practicar esa táctica tan mezquina de ponerse la venda antes de recibir el golpe. De lloriquear porque le iba a tocar zurrarse contra un rival incuestionablemente superior. De anticipar un desastre inverosímil para situarse en el papel de víctima y afrontar la eliminatoria con mucho que ganar y muy poco que perder. No le pega nada al Madrid acudir como víctima. Se viste muy mal con esos ropajes. Como si pretendiese lanzar el partido por esa vertiente de la épica por la que tan productivamente se maneja desde el mismísimo minuto uno, la grada negaba rendiciones. Como si fuese el más laureado de Europa un equipo acostumbrado a claudicar y doblar la rodilla.
El caso es que la estratagema tardó en dar los resultados esperados. Pero los dio. Antes hubo que sobreponerse a un PSG con una puesta en escena extraordinariamente intimidatoria pero con una inconsistencia impropia de un equipo con fuste. Mucha brillantina, pero muy poquita chicha. No se explica de ninguna manera que un equipo con una acumulación tal de colosales futbolistas sea tan torpe a la hora de generar juego. Porque los parisinos viven de jugadas aisladas, no de juego entrelazado. Viven de las apariciones en solitario de sus tres tenores ofensivos al mismo tiempo que observa como la emulsión se corta una y otra vez porque nadie les ha explicado cómo deben de mezclarse y combinar entre sí de forma productiva. Son tan buenos jugadores, tan resolutivos, que cuesta creer que Cavani, Neymar y Mbappé tengan tantas dificultades para imponer su triunvirato.
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Se ha hablado mucho, y se seguirá hablando, de la dirección de proyecto parisina. Se ha pretendido deslizar que el PSG se desinfla porque Unai Emery nunca cierra bien la válvula y el equipo termina por perder aire cuando lo tiene todo para salir rodando. Anoche sorprendió de inicio, no tanto por alinear a Lo Celso y a Kimpembe, sino por dejar fuera del once a Di María y Thiago Silva, dos futbolistas cuyos ojos han visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Es en partidos como el del Bernabéu y ante rivales como el Madrid cuando hay que sacar a relucir los galones y hacer valer su peso. Porque hay intangibles sobre el césped que no se conquistan con un determinado marcaje o con la velocidad de un jugador
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Cuando Zidane introdujo a Marco Asensio en el césped, el mallorquín apareció para sus colegas como el amigo precavido que se ha acordado de meter un abrebotellas en la mochila para abrir las cervezas en mitad de la nada. Su entrada en juego recordó al Madrid que aún estaba vivo y con oportunidades y advirtió al PSG de que aún no estaba a salvo. No puede decirse que Emery no acertase con sus cambios. Su equipo mejoró con la entrada de Meunier y brindó los mejores minutos de fútbol con el belga compartiendo el carril derecho con Alves. Pero si el acierto del vasco fue notable, mucho más fue el de Zizou abriendo el box del desbocado Asensio. A partir de ahí, revolucionando las alas, se decantó el resultado. Con un acto final coronado por un aria apoteósica que llevó al Bernabéu al habitual trance místico de las grandes citas europeas. A ese que escapa de cualquier intento sesudo de análisis táctico.